La Iglesia, como parte de su compromiso comunitario, reconoce que la protección y promoción integral de los más pequeños es una prioridad en su misión. Por ello, ha abierto espacios de enseñanza y recreación destinados a que los niños puedan acercarse desde temprana edad a Dios.

Para lograrlo, se ha enfatizado desde hace tiempo en la formación de personas católicas que, además de dar testimonio de su fe, se instruyan de manera formal y especializada en los conocimientos necesarios para la preparación de cada uno de los sacramentos.

Sin embargo, poco se ha hablado de las adecuaciones que han sido necesarias para que la convivencia entre niños, niñas y adultos se lleve a cabo de la mejor manera, cuidando la integridad de todos.

En este sentido, se busca que la catequesis sea un espacio donde se garantice el bienestar físico, emocional y espiritual, libre de violencia, de cualquier tipo de abuso y de discriminación, promoviendo al mismo tiempo la confianza, el respeto y la participación libre.

Entendiendo que un ambiente seguro no solo implica evitar riesgos, sino también favorecer el desarrollo integral de los participantes, es importante considerar los siguientes cuatro aspectos: el aspecto físico, asegurando espacios adecuados y supervisión constante; el aspecto emocional, promoviendo la validación de los sentimientos, así como una escucha activa, empática y libre de juicios; el aspecto social, fomentando una convivencia sana basada en el respeto y en límites claros; y el aspecto espiritual, propiciando una experiencia positiva de la fe cristiana, evitando el uso del miedo o la culpa como medios de formación.

No obstante, existen diversos factores de riesgo que pueden afectar la construcción de estos ambientes seguros. Entre ellos se encuentran los ambientes sin supervisión adecuada, la falta de reglas claras de convivencia, las relaciones demasiado cercanas o sin límites definidos entre catequistas y niños, el ejercicio inadecuado de la autoridad mediante gritos, castigos o amenazas, la normalización o el ignorar conductas inapropiadas, la falta de capacitación del catequista y la ausencia de límites por parte de los padres o una excesiva permisividad hacia los hijos.

Por ello, el plan de actuación para promover ambientes seguros en la catequesis está centrado en cumplir con las siguientes ocho consideraciones:

1. Promover el respeto, el orden y la disciplina positiva

La disciplina debe basarse en el respeto, evitando el uso del miedo como herramienta de control. Es recomendable utilizar estrategias de disciplina positiva que fomenten conductas adecuadas sin generar ansiedad o malestar psicológico. El refuerzo positivo, como elogios (“bien hecho”, “vas mejorando”, “lo hiciste muy bien”), suele ser más efectivo que el regaño, ya que motiva al niño a repetir la conducta esperada.

2. Promover normas claras de convivencia

Establecer reglas claras permite generar un ambiente estructurado, donde los niños sepan qué se espera de ellos, favoreciendo el respeto y la sana convivencia.

3. Capacitación continua de los catequistas

Es fundamental que los catequistas se mantengan en constante formación, especialmente en temas de prevención y actuación ante posibles situaciones de abuso.

4. Respetar el espacio físico y personal del menor

Muchos niños experimentan situaciones personales complejas y, al encontrarse en un ambiente distinto, pueden confundir actos de amabilidad con exceso de confianza. Esto puede llevarlos a invadir el espacio físico de sus compañeros o del catequista, no desde una intención negativa, sino desde la necesidad de crear vínculo o sentido de pertenencia.

Sin embargo, esto puede traspasar los límites de lo permitido, por lo que es importante evitar interacciones demasiado cercanas, así como manifestaciones físicas de afecto como abrazos o tomarse de la mano. Esto no significa dejar de lado la empatía, sino aprender a generar confianza sin recurrir al contacto físico. Asimismo, es fundamental educar a los niños en el respeto de su propio espacio y el de los demás.

5. Supervisar en todo momento a los menores

Contar con espacios de juego controlados permite mantener una adecuada supervisión. No obstante, es importante prestar especial atención a aquellos lugares menos visibles, como los baños, donde se debe garantizar la presencia de un adulto que supervise el orden y el uso adecuado de los mismos.

6. Mantener comunicación constante con los padres

La colaboración con los padres es clave para favorecer un ambiente ordenado y seguro. Es importante que los catequistas mantengan una comunicación continua, no solo para informar sobre el proceso formativo del niño, sino también para solicitar apoyo en la intervención de conductas, especialmente cuando el menor se encuentra en situación de vulnerabilidad.

7. Escucha activa ante posibles situaciones de riesgo

Ante cualquier revelación de posible abuso, es importante escuchar con atención, sin juzgar ni cuestionar. El rol del catequista no es determinar la veracidad de la situación, sino acoger, contener y canalizar adecuadamente la información, manteniendo una actitud receptiva y sensible, especialmente considerando la vulnerabilidad de los niños.

8. Seguir los protocolos establecidos

Es indispensable actuar conforme a los protocolos definidos por la parroquia, evitando improvisaciones y asegurando una respuesta adecuada ante cualquier situación de riesgo.

Estos lineamientos pueden servir como una guía inicial para adaptarse y responder de manera más adecuada a cada realidad.

La niñez es una etapa valiosa, en la que una de nuestras principales responsabilidades como adultos es brindar la seguridad necesaria para que los niños puedan disfrutarla plenamente, crecer y desarrollarse sin preocuparse por los riesgos que existen en su entorno.

Pidamos a Dios que continúe guiándonos e iluminándonos en esta misión, para ser instrumentos de cuidado, respeto y amor hacia los más pequeños, y así construir espacios verdaderamente seguros donde puedan vivir su fe con confianza y alegría.

Por: Psicóloga Isela León López