En su artículo “Hacia una ética eclesial de la prevención: responsabilidad moral y magisterio pontificio reciente en contextos de abuso”, El Padre Daniel Portillo Trevizo, publicado en la revista Studia Moralia, reflexiona sobre la evolución de la respuesta de la Iglesia frente a la crisis de abusos sexuales cometidos por miembros del clero. A partir de un análisis teológico-moral, el autor propone comprender esta problemática no solo desde la responsabilidad individual, sino también desde una dimensión estructural e institucional que permita avanzar hacia una auténtica cultura de prevención dentro de la Iglesia.
El Padre Portillo señala que, en los últimos años, la credibilidad de la Iglesia se ha visto seriamente cuestionada debido a la revelación de casos de abuso y a la forma en que muchos de ellos fueron gestionados. En diversos contextos, el encubrimiento y la falta de una respuesta adecuada contribuyeron a profundizar el daño causado a las víctimas y a generar una crisis de confianza hacia la institución.
Según explica el Padre Daniel, la respuesta de la Iglesia frente a esta problemática ha atravesado distintas etapas. En una primera fase predominó una postura defensiva cuyo objetivo principal era proteger a la institución frente al escándalo público. En este contexto, los abusos fueron abordados principalmente desde una perspectiva jurídica, entendiéndose como delitos individuales atribuibles a la conducta personal de algunos clérigos. Esta etapa se caracterizó también por una lógica reactiva, en la que se actuaba principalmente después de que el daño ya había ocurrido, sin cuestionar aún las estructuras o dinámicas institucionales que pudieron favorecer estas situaciones.
A partir de este proceso de cuestionamiento, el Padre Portillo señala que el magisterio pontificio comenzó a experimentar una evolución progresiva en su modo de comprender la problemática. En este sentido, San Juan Pablo II reconoció públicamente la gravedad del abuso sexual dentro de la Iglesia, afirmando que se trata de un crimen que clama justicia ante Dios y que exige medidas urgentes y eficaces. Aunque en este momento el enfoque se mantuvo principalmente en el ámbito jurídico y disciplinario, este reconocimiento representó un paso importante en la toma de conciencia institucional.
Posteriormente, con el pontificado de Benedicto XVI, esta reflexión se profundizó al reconocer el abuso no solo como un delito, sino también como un pecado grave que oscurece el testimonio del Evangelio. En este contexto, se insistió en la necesidad de penitencia, purificación y conversión dentro de la Iglesia, integrando la dimensión normativa con una reflexión espiritual y moral más amplia.
De acuerdo con el autor, con el pontificado de Francisco se produjo un cambio significativo en el modo de abordar esta crisis. En esta etapa se colocó a las víctimas en el centro de la reflexión y se reconoció que el abuso constituye una herida que afecta a toda la comunidad eclesial. La conversión necesaria es comprendida tanto en el ámbito personal como en el institucional, y la prevención deja de ser vista únicamente como una estrategia pastoral o disciplinaria para convertirse en una auténtica exigencia ética.
Responsabilidad estructural y cultura de prevención
Uno de los aportes centrales del artículo consiste en el uso del concepto de responsabilidad estructural. Según explica el Padre Daniel, la problemática de los abusos no puede entenderse únicamente desde la conciencia individual o desde actos personales aislados, sino que debe analizarse también desde una responsabilidad colectiva y sistémica. Desde esta perspectiva, el pecado puede comprenderse como parte de estructuras que, de alguna manera, favorecen o permiten determinadas conductas.
El Padre Portillo recurre también a la tradición teológica —desde sus formulaciones clásicas hasta los aportes de la teología contemporánea— para mostrar cómo la responsabilidad moral ha sido comprendida progresivamente como una realidad relacional. Esto implica reconocer que las acciones humanas se desarrollan dentro de contextos y estructuras concretas que influyen en el comportamiento de las personas.
A partir de esta reflexión, la prevención deja de entenderse únicamente como una forma de prudencia pastoral o como un medio para evitar escándalos, para convertirse en una auténtica obligación moral. Prevenir el abuso significa, en este sentido, custodiar la dignidad humana y vivir de manera coherente el mensaje del Evangelio.
El Padre Daniel identifica tres principios doctrinales fundamentales que orientan esta perspectiva: la dignidad de la persona humana, el bien común y la justicia eclesial. Esta última no se limita únicamente al castigo de los responsables, sino que incluye también la reparación del daño, el acompañamiento a las víctimas y una dimensión restaurativa que permita sanar las heridas causadas.
Finalmente, el Padre Portillo concluye que la Iglesia necesita promover una auténtica cultura institucional caracterizada por la transparencia, la corresponsabilidad y la formación moral de sus miembros. Desde esta perspectiva, la prevención de los abusos requiere una ética que nazca de una verdadera conversión moral y espiritual, capaz de transformar las relaciones dentro de la comunidad eclesial y de garantizar la protección de las personas más vulnerables.
Bibliografía:
Daniel Portillo Trevizo, Hacia una ética eclesial de la prevención: responsabilidad moral y magisterio pontificio reciente en contextos de abuso, en Studia Moralia 63, no. 2 (2025).
Por:Psicóloga Isela León López
