En una ciudad grande, llena de ruidos, rutina, mañanas de trabajo, estrés, problemas y dificultades económicas, existía un hogar rodeado de grandes lujos. Allí no faltaban los sirvientes, los juguetes, los videojuegos y, sobre todo, el fiel compañero: el que entretenía, acompañaba y respondía preguntas: el internet.

En esa casa vivía Damián, un niño de apenas diez años. Pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación y solo salía para comer o cuando sus padres regresaban del trabajo, casi siempre ya entrada la noche. Entonces bajaba apresuradamente a saludarlos. Ellos lo recibían con cariño, pero no pasaba mucho tiempo antes de decirle que debía ir a dormir. Así, día tras día, la rutina se repetía.

La vida de Damián parecía mecánica: levantarse, ir al colegio, volver a casa, pasar horas frente a la pantalla, ver a sus padres un momento y regresar a su habitación. No había tiempo para conversar, para preguntar cómo había ido el día o para compartir lo vivido.

Pero sus padres lo veían bien porque estaba en casa y tranquilo. ¿Qué podía pasar? Hasta que un día la maestra del colegio pidió hablar con ellos. Damián estaba presentando problemas de conducta.

A pesar del cansancio y las múltiples ocupaciones, asistieron a la reunión. Allí la maestra explicó, con preocupación, que el niño había manifestado comportamientos inadecuados para su edad, tanto en palabras como en gestos, hacia otros compañeros.

Pensando primero en el bienestar del niño, la maestra sugirió evaluar si Damián estaba siendo expuesto a situaciones que no comprendía o que no eran apropiadas. Los padres siguieron las recomendaciones: acudieron a profesionales y descartaron que el niño hubiera sufrido algún tipo de violencia directa. Confundidos, decidieron hablar con él:

—Nosotros no te hemos enseñado eso.

—¿Dónde lo aprendiste?

—¿Quién te lo mostró?

Pero Damián guardó silencio.

Durante un tiempo, la conducta pareció desaparecer. Sin embargo, días después volvió a manifestarse. Llegaron entonces los castigos: se le retiraron juguetes, se le prohibieron salidas y se limitaron algunos entretenimientos.

Pero la computadora permaneció.

“Es necesaria para la escuela”, pensaron.

Un día, el padre tuvo problemas con su equipo de trabajo y utilizó la computadora de su hijo. Fue entonces cuando encontró lo que hasta ese momento no había querido ver.

Damián participaba en grupos virtuales donde otros niños se desafiaban mutuamente a realizar acciones que no comprendían del todo, pero que imitaban lo que habían visto. Juegos que cruzaban límites. Retos que no eran inocentes. Mensajes que enseñaban sin explicar, que normalizaban lo que aún no debía ser conocido.

Nadie se lo había dicho. Nadie se lo había explicado. Pero alguien estaba educando.

Fue ahí cuando comprendieron que, aunque habían cuidado su bienestar —que no le faltara nada—, habían dejado desprotegido el lugar más profundo: su mente.

Buscaron asesoría psicológica para aprender cómo acompañarlo y educarlo en un tema que, aunque no correspondía a su edad, ya había irrumpido en su vida. Ahora no se trataba solo de corregir conductas, sino de ofrecer información adecuada, contención y límites claros que ayudaran a frenar lo que había comenzado sin guía.

Y entonces surgió la pregunta que muchos padres evitan, pero que ya no puede seguir postergándose: ¿Cómo hablamos con nuestros hijos sobre sexualidad?

Sobre todo, cuando hemos crecido en contextos donde de eso no se hablaba, donde el silencio parecía protección y el tema se escondía por vergüenza o miedo.Tal vez el verdadero riesgo no sea hablar demasiado, sino llegar tarde.

Por ello, es importante tomar en cuenta las siguientes recomendaciones, que no buscan generar miedo, sino promover una educación responsable, cercana y protectora, acorde a la edad y al desarrollo de nuestros hijos:

  • Hablar antes de que otros hablen, sin esperar a que internet u otros ocupen nuestro lugar.
  • Adaptar el lenguaje a cada etapa, entendiendo que no todo se dice de la misma manera ni al mismo tiempo.
  • Crear espacios de confianza, donde los niños puedan preguntar sin temor ni juicio.
  • Acompañar el uso de pantallas, supervisando contenidos y dialogando sobre lo que ven.
  • Poner límites claros respecto al cuidado de nuestro cuerpo y del cuerpo de los demás, evitando mirar estas situaciones únicamente desde una perspectiva adulta.

Es natural que estos temas nos alarmen o incomoden, pero en la mayoría de los casos los niños no cuentan aún con la madurez necesaria para comprender el alcance de ciertas conductas o por qué no son apropiadas.

Por eso, más que reaccionar con enojo o etiquetas, es fundamental explicar, acompañar y orientar, de acuerdo con su edad y nivel de desarrollo.

Buscar apoyo profesional cuando sea necesario, entendiendo que pedir ayuda también es un acto de amor.

Educar no es solo proveer, ni vigilar desde lejos. Educar es estar, es acompañar, es atreverse a hablar incluso de lo que incomoda. Sin olvidar que cuando los adultos callan, las pantallas (el internet) hablan, y no siempre lo hacen con cuidado.

Nuestros hijos no necesitan saberlo todo, pero sí necesitan a alguien que camine con ellos, que les explique con verdad y respeto, que ponga límites claros y ofrezca contención. Tal vez no podamos controlar todo lo que el mundo ofrece, pero sí podemos decidir no dejar solos a nuestros niños. Porque cuando hay diálogo, escucha y amor, el lobo pierde fuerza… y la infancia recupera su lugar seguro.

Por:Psicóloga Isela León López