Hacia la Cultura de la Prevención
Caminando hacia la Cultura del Buen Trato en Nuestra Diócesis de San Juan de los Lagos
¿Por qué hablar de una cultura de prevención? Porque ha quedado demostrado a raíz de la pandemia ocasionada por el COVID-19, en la que estamos inmersos, que no tenemos interiorizado el hábito de enfrentar las situaciones de manera preventiva. Para muchas personas es más sencillo resolver una problemática presente que prevenirla, de tal manera que la cultura actual es más de resolución de conflictos que preventiva.
Y aunque ciertamente es importante resolver lo que se presenta, nuestra Iglesia Universal propone una visión integral del ser humano y quiere ir a la raíz de los problemas que suceden para generar la prevención de éstos con mayor eficacia, ejerciendo su influencia en la sociedad y anunciando con esperanza la Buena Nueva.
El Papa Francisco, el pasado 14 de noviembre de 2019, dijo: “La Iglesia Católica en las últimas décadas, tras las dramáticas experiencias vividas en su cuerpo, ha alcanzado una aguda conciencia de la gravedad del abuso sexual de los menores y de sus consecuencias, del sufrimiento que causa, de la urgencia de curar sus heridas, de combatir estos crímenes con la máxima determinación y de desarrollar una prevención eficaz. Por lo tanto, también se siente obligada a mirar hacia adelante con previsión”.
Por ello es importante hablar de la construcción de una cultura que prevenga, que mantenga a salvo a todos y sobre todo, que haga presente el Reino de Dios entre nosotros, y para hacerlo, todos somos parte de esta construcción.
Cuando hablamos de abuso, muchas personas creen que es un tema que solo le concierne tanto a quién agrede de esta manera como a quién no se defiende o lo permite, cuando la realidad es que somos “los terceros”, aquellos que estamos en ese contexto, quienes podemos hacer toda la diferencia, ya sea apoyando el silencio de la víctima al no creerle, al justificar ciertas conductas, al “mirar hacia otro lado” o guardar silencio para “no meternos en problemas” con lo que nos volvemos cómplices del agresor… o bien, apoyar a la víctima, escucharla, creerle, cortar cualquier conducta inapropiada sobre uno mismo y sobre otros, señalar con paz pero con firmeza, aquello que no está bien bajo ninguna circunstancia, de tal manera que se haga menos posible la presencia del abuso, y si llegara a presentarse, se descubriera rápidamente y se actuara de manera eficaz.
Lo anterior se llama “la geometría del abuso” y se refiere a la manera en que la sociedad actúa alrededor de las trasgresiones y la forma en que actúa con firmeza o evade este tipo de temas.
Al normalizar actitudes, acciones, pensares que permitan situaciones de abuso de poder, le abrimos paso a otros tipos de abuso, y las trasgresiones comienzan a proliferar de maneras más o menos encubiertas por el contexto, por eso es tan importante revisar nuestro actuar, la manera que nos relacionamos y aquellas conductas que no generamos pero que también requieren nuestro análisis y crítica constructiva, a fin de fomentar ambientes libres de ambivalencias o manipulación.
Analicemos tres preguntas:
- ¿Es apropiado o inapropiado lo que observo, respecto al trato que se da entre las personas? Uno de los grandes problemas es que, culturalmente, normalizamos muchas conductas. Por ejemplo, puede ser común ver a un padre de familia reprender a su hijo en público, sin embargo, si esta acción es demasiado agresiva (y este “demasiado” también dependerá de nuestra propia historia), nos hará sentir cierto nivel de incomodidad frente a la escena. Nos podemos preguntar ¿Qué efecto tiene en este niño ser tratado así por su padre o su madre? ¿habría alternativas?, etc.
- ¿Existe una diferencia de poder entre los actores? Obviamente habrá diferencia de poder entre padres e hijos, entre el catequista y los niños del catecismo, entre quienes tienen alguna función en la vida parroquial y quienes solo asisten a las celebraciones, etc., pero como dijimos en el primer artículo, la diferencia de poder es un punto fundamental, y nunca será lo mismo una conducta inapropiada entre dos niños que son del mismo grupo de catecismo, o dos adolescentes, que cuando existe una asimetría de poder que tiene por efecto que la persona con menos poder experimente confusión, vergüenza, sometimiento o alejamiento de protección.
- ¿De qué manera puede afectar el ambiente comunitario o parroquial este tipo de conductas? El efecto se verá en las relaciones dentro de los grupos, en su permanencia y ánimo, además del crecimiento humano que proporcionen. En las emociones positivas, la capacidad de confianza, la sensación de seguridad y colaboración fraterna, generando sensaciones de cansancio, desagrado o negatividad, tensiones en el trato y actitudes autoritarias o denigrantes.
Después de contestar a estas tres preguntas, podemos tener más claridad del tipo de relaciones que se mantienen en nuestro grupo, comunidad o Parroquia.
Hacer este análisis nos permite generar una reflexión contextualizada, de tal manera que podamos sacar algunas conclusiones al respecto. Y ciertamente, no en todas las ocasiones será apropiado intervenir directamente o en ese instante, pero en otras podremos hacerlo por el mejor bien de los involucrados.
En todo caso, cuando tenemos que reflexionar antes de actuar, podemos compartir con algunos compañeros o compañeras las reflexiones y encontrar juntos la mejor manera de abordar el tema con respeto, compasión y firmeza.
Esto muchas veces puede llegar a causar temor, pero aun así te invitamos a ir encontrando la manera de propiciar una cultura de la prevención, siendo cada día más respetuoso, fraterno y cercano, atreviéndote a compartir lo que observas, generando así ambientes seguros y respetuosos para todos, especialmente para los más pequeños y vulnerables.
Artículo publicado en: Diócesis de San Juan de los Lagos, Boletín de Pastoral 484, octubre de 2020, pp. 26-27.