(Dando continuidad al artículo que se publicó en el mes de junio, queremos seguir profundizando en la vulnerabilidad).
Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la Cruz Roja llegó a las zonas devastadas a brindar refugio, alimento y atención médica a los niños que se encontraban en las zonas bombardeadas, notaron que, pese a sus esfuerzos médicos, a sus atenciones alimenticias, los niños morían sin razones aparentes o médicamente explicables, hasta que una enfermera de cuneros, comenzó, por pura compasión, y en contra de las costumbres de la época, a cargar y arrullar a los niños… y entonces, el milagro sucedió: los pequeños comenzaron a mejorar.
A partir de esa experiencia, cientos de estudios al respecto confirman científicamente que el ser humano necesita más que las condiciones físicas aceptables para sobrevivir. El afecto es una condición sin la cual no podemos vivir.
Idealmente, los seres humanos hemos crecido en hogares que brindan, al menos, lo mínimo indispensable para sobrevivir en términos físicos y afectivos, pero, todos tenemos algún tipo de carencia que está en el corazón impresa, nos demos o no cuenta de ello.
Por lo anterior, tenemos una particular responsabilidad en nuestras vulnerabilidades y en no trasgredir las vulnerabilidades ajenas.
Cuando por nuestra profesión o vocación, tenemos un poder que ejercer o, dicho de otra manera, un servicio que ofrecer, ahí es donde nuestra calidad humana se ve puesta a fuego. Seas un catequista o un Sacerdote, un psicólogo o un orientador vocacional, un maestro o un entrenador, frente a ti, tienes a seres humanos con carencias y vulnerabilidades sobre las que has de responder. Tenemos en nuestras manos la vida y la integridad de las personas que se nos encomiendan.
Jesús en el evangelio es duro y claro al afirmar: “Es imposible que no vengan tropiezos, pero ¡ay de aquél por quien vengan! Más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino, y que lo arrojaran al mar, que servir de tropiezo a uno solo de estos pequeños” (Lc 17, 1-2).
¿Por qué fue Jesús tan tajante con esta afirmación? La razón es que Él, siendo humano, reconociendo en sí mismo, en su carne, y sin perder su condición Divina, percibió la importancia de cuidar de los vulnerables. Y esto aplica, a los pequeños: niños, niñas y adolescentes, pero también, como lo decíamos antes, a aquellas personas adultas que, pasando por una crisis, una situación de vida complicada, se ponen en tus manos para poder sobrellevar su vida, para encontrar el sentido de vida, para re conectarse con su propósito, para sobrevivir, física, emocional o psicológicamente, todos ellos, son encargados y especialmente amados del Padre… y tú y yo ¿cómo actuamos ante ellos?, les damos el afecto puro y la aceptación incondicional? ¿Les ayudas a crecer como seres humanos amados por Dios? O por el contrario, ¿nos acercamos inapropiadamente, aprovechándonos de su necesidad de afecto, viendo que no nos rechazan, avanzando hacia una cercanía inapropiada?
Nuestra responsabilidad como Iglesia, es SANAR las heridas y ayudar a las personas, haciendo presente al Dios Vivo, que está para y con todas y todos, en cualquier circunstancia, y si frente a ellas, dejamos de ver al prójimo como un sagrado otro, al cual respetar, guiar y acompañar, y buscamos satisfacer nuestras propias carencias, entonces, tergiversamos, traicionamos y pervertimos lo que nos ha sido encomendado.
Comencemos por revisar a conciencia cómo estamos tratando a nuestros hermanos y hermanas pequeños y vulnerables, sin importar la edad, y pongamos los límites adecuados para que Dios siempre se haga presente en nuestras relaciones pastorales o profesionales y seamos testimonio vivo de Jesús Resucitado, de que la Buena Nueva es posible a pesar de las adversidades de la vida y que hemos sido enviados a ayudar y no a ser tropiezo para los más pequeños.
Por: Lic. Carolina Téllez Estrada.
Especialista en Protección de Menores
Artículo publicado en: Diócesis de San Juan de los Lagos, Boletín de Pastoral 494, agosto de 2021, pp. 22-23.
