Entender la mente de una persona que comente abuso sexual resulta demasiado complejo porque generalmente deshumanizamos al agresor, como una respuesta a nuestra indignación por ser una sociedad basado en los principios morales.

Ahora bien, si nuestras creencias, valores y conductas impulsivas están regidas por nuestra religión, no hay manera para entender dichos actos. Tal vez la explicación más lógica para la comunidad religiosa sea que se debe a una crisis de fe, a una tentación del enemigo, o una consecuencia de un distanciamiento de Dios. Aunque la realidad es que todo suma.

Para la psicología hay trastornos de la personalidad que influyen en el comportamiento de las personas, algunos rasgos están centrados en el poder y el control ya que debe haber una asimetría del abusador con el abusado para que se realice. Aunado a esto, se percibe que, en su mayoría, los abusadores carecen de empatía por los sentimientos de la víctima, desvinculándose de toda responsabilidad moral. Lo cual nos lleva a plantearnos la siguiente cuestión.

¿Existen diferencias entre una persona no creyente en Dios y otra creyente en Dios, y que ambas cometen el delito de abuso sexual?

No. La respuesta parece un poco irónica puesto que, por mucho tiempo, nos costó reconocer que estas acciones las realizaran también miembros de nuestra Iglesia, sin embargo, hoy en día entendemos que todas las personas tienen virtudes, defectos y pueden realizar acciones buenas, pero también pueden equivocarse y cometer crímenes sexuales.

Pero, las consecuencias son distintas para una persona que comete abuso y es creyente, que para aquella que se dice atea, aunque a nivel social las leyes civiles se apliquen de forma igualitaria.

Dicho de otra manera, si una persona trasgrede al prójimo siendo formada por la religión católica, difícilmente podrá dejar de ser empática puesto que la mayor parte de su vida fue educada bajos principios morales que la llevarán a experimentar entre otras cosas sentimientos de culpa. Sumado a esto se puede decir que la sentencia no será solo por las leyes mexicanas sino también por el Derecho Canónico que establece penas contra los clérigos, los consagrados y los laicos que ejercen algún ministerio en la Iglesia, que comentan abusos sexuales contra menores o adultos vulnerables en donde las sanciones pueden ir desde la suspensión de su oficio hasta, en los casos más graves de los clérigos, la expulsión del estado clerical. 

La realidad es que ni los años de prisión, ni la expulsión del estado clerical, son tan fuertes como lo es “la culpa” en las personas que reconocen sus errores, se hacen responsables de sus acciones y buscan seguir el camino de conversión para enmendarse. Es verdad que las personas pueden recibir una sanción por su comportamiento, desde afuera podría verse que, al cumplir la condena, sea una “borrón y cuenta nueva” pero no es tan simple, si consideramos los efectos que desencadena “la culpa” en la vida del agresor.

Para comprender mejor, trataré de explicar qué se entiende por “culpa”:

La culpa es un sentimiento que surge cuando una persona se da cuenta de que ha cometido un acto que ha causado daño a otra persona. En el caso del abuso sexual infantil, la culpa puede ser especialmente intensa debido a la gravedad del delito.

Este sentimiento puede llevar a la persona a experimentar una condena moral interna que se experimenta como un gran peso a lo largo de su vida.

En algunas cosas puede que la persona sienta que pierde valor como persona, experimentando que no merece el perdón y lo que es aún peor, llevándola a experimentar rechazo hacia sí misma al no poder perdonarse, iniciando un ciclo de autocrítica cíclico.

Su mente, entonces, se transforma en una especie de prisión de la cual es difícil salir, originando dificultades en la salud mental como la depresión, la ansiedad y a su vez algunos otros trastornos del estado de ánimo. Pueden llegar a desencadenarse, también, sentimientos de minusvalía y baja autoestima manifestándose en conductas de aislamiento social. Dichos efectos aparecen como yugos constantes, como especie de autocastigo, lo cual desencadena una disfuncionalidad en alguna o en algunas de las áreas de su vida cotidiana. Por ello es importante unirnos en oración no solo por las víctimas y sus familias, sino también por aquellos que han cometido un delito y están o no, en vías de conversión, para que se dispongan a la justicia, sin desconfiar de la misericordia de Dios, asumiendo la culpa que les corresponde.

Por: Psicóloga Isela León López