Cuando hablamos de abuso es común hablar de roles de poder ante situaciones que creemos no pueden ser de otra manera o que simplemente parece casi imposible cambiar. Solemos sentir que nuestras acciones son mínimas en comparación al daño causado y que tal vez el tratar de erradicarlo nos lleve años, sin que se note una diferencia sustancial, aun así, no hay que olvidar que para nuestros niños somos el motor de la esperanza, si ellos pierden la fe, la verán reflejada en personas que ellos admiran o ven como figura de ejemplo, por ello tenemos que estar comprometidos con la causa, porque de nuestras buenas acciones dependerá el futuro de ambientes seguros para la población más vulnerable.
Por lo antes expuesto, hoy quiero hablar de un tema que conviene saber, especialmente a la hora en que se violenta la integridad de un menor al que se le puede ocasionar el síndrome de indefensión adquirida. El concepto de “indefensión adquirida”, hace alusión a la percepción que el afectado tiene respecto a la situación vivida, al verse incapaz de cambiar su situación. Comúnmente lo podemos escuchar con afirmaciones como: “¿qué puedo hacer yo?”, “siempre ha pasado esto”, “es imposible cambiarlo”.
La indefensión adquirida en el abuso sexual infantil se hace evidente de distintas maneras, para ejemplificarlo utilizaré el cuento “El elefante encadenado” de Jorge Bucay en el cual se narra la historia de cómo un elefante en un circo permanece atado a una pequeña estaca con una cadena, a pesar de tener la fuerza suficiente para liberarse fácilmente. Al escucharlo quizás nos resulte difícil de comprender, pero todo se remonta a que cuando era un elefantito, estaba atado a una estaca similar y, a pesar de sus esfuerzos, no podía liberarse. Con el tiempo, el elefante aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
La enseñanza de este cuento es que, al igual que el elefante, nosotros también nos limitamos a nosotros mismos por experiencias pasadas. Elaboramos creencias como: “no puedo” o “nunca podré”, que nos impiden intentar nuevas cosas y alcanzar nuestro verdadero potencial.
Pero ¿cómo se traslada esto al Abuso Sexual Infantil (ASI)?
Muy sencillo, imaginemos que en una comunidad marginada nos encontramos con Manuela una niña de 8 años de edad, quien al quedar huérfana de madre pasó a ser cuidada por su tía Amparo. Todos creyeron que la niña crecería sin ninguna carencia o complejidad ya que, ante los ojos de la sociedad, su tía parecía estar gustosa de tenerla con ella. O al menos así testificaron los vecinos. Lo cierto es que al cerrar las puertas de ese hogar ocurría todo tipo de abusos, practicante era la “Cenicienta” de la casa, a diario tenía muchas obligaciones hogareñas que no eran propias de una niña de su edad. Así mismo era violentada física y psicológicamente cada vez que cometía alguna equivocación. Por si no fuera suficiente su tío abusaba sexualmente de ella cada vez que se le pasaban las copas y aunque su tía estaba al tanto de la situación, no hacía nada para evitarlo.
Manuela al principio no sabía qué pasaba, pero cada vez que iba a la tienda o algún mandado trataba de comunicarle a sus vecinos o a las personas a su alrededor, sin tener éxito pues al enterarse de lo que hacía, sus familiares decidieron inventar que tenía problemas mentales.
Manuela se percibía indefensa, incapaz de cambiar su situación y con miedo a las represalias. Por más que intentaba salir de esta realidad se daba cuenta que era más difícil. Una vez intentó escapar de aquella casa. Lastimosamente lo único que consiguió fue que la amarraran como si se tratara de un animal.
Así permaneció varios años hasta que un día aparecieron sus familiares paternos, quienes se habían dedicado a buscarla desde que supieron que su madre falleció. Su padre había fallecido antes que su madre por ello les fue difícil dar con su paradero porque la madre al verse embarazada decidió llevarse a la niña debido a que su padre era un hombre casado.
Por fortuna su abuela paterna pudo recuperar su custodia llevándola a vivir con ella para hacerse cargo de su educación y cuidado. Por otro lado, se levantó una denuncia que pondría bajo prisión a sus tíos por el daño causado. Aunque la historia de Manuela nos cuenta un final “feliz”, reflexionemos cuánto tuvo que pasar para que la situación cambiara, cuántas veces Manuela se sintió como ese elefante del cuento, incapaz de cambiar su condición de vida, sentir que la vida siempre sería así y que no habría momentos de alegría para ella.
Quizás fueron muchos años robados para Manuela, pero gracias a Dios pudo hacerse justicia y cambiar su futuro.
Tal vez no podemos erradicar la maldad del mundo, pero si podemos ser una suma de personas “buenas” que al seguir el Evangelio de Jesucristo tomemos la iniciativa para desatar las cadenas de la esclavitud, la impunidad y la injusticia ante cualquier tipo de abuso. Recordemos que con la crucifixión y muerte de Jesús sus discípulos se descorazonaron, pero con su resurrección, recobramos la esperanza y lo anunciaron a los demás.
Por: Psicóloga Isela León López
