En la vida cristiana, la misericordia y la justicia son dos pilares fundamentales que no pueden existir uno sin el otro. Imaginemos un puente que conecta dos orillas de un río: una representa la justicia y la otra la misericordia. La estructura del puente está sostenida por pilares que simbolizan la verdad y la integridad, elementos esenciales que deben estar presentes en ambos lados.

Sin justicia, la misericordia no tendría la base sólida para actuar de manera efectiva y redentora. Sin misericordia, la justicia podría volverse fría y deshumanizante, perdiendo el toque compasivo que es el corazón del Evangelio.

Así como un puente solo puede cumplir su propósito si ambas orillas están firmemente conectadas, la verdadera sanación y redención en los casos de abuso solo pueden lograrse cuando la justicia y la misericordia trabajan juntas en armonía, creando un camino seguro hacia la paz y la reconciliación.

El Papa Francisco ha enfatizado repetidamente la necesidad de las virtudes de misericordia y justicia para construir una Iglesia y una sociedad verdaderamente reflejo del amor de Dios. Cuando se trata del doloroso tema del abuso sexual dentro de la Iglesia, estas dos virtudes adquieren una importancia crucial.

Para entender plenamente la relación entre misericordia y justicia, es esencial reconocer que la verdadera misericordia no puede existir sin justicia. La justicia asegura que se reconozcan y reparen los daños causados, y que los culpables enfrenten las consecuencias de sus acciones. Esto es particularmente relevante en los casos de abuso sexual, donde el silencio y el encubrimiento solo perpetúan el sufrimiento de las víctimas y permiten que nuevos abusos se generen.

El Papa Francisco, en numerosas ocasiones, ha subrayado que no se debe encubrir el abuso. En su carta apostólica Vos Estis Lux Mundi, estableció procedimientos claros para la denuncia y el manejo de estos casos, reforzando que la transparencia y la responsabilidad son esenciales para la integridad de la Iglesia. Silenciar a las víctimas con la falsa creencia de proteger a la Iglesia no solo es un error grave, sino que contradice los principios mismos del Evangelio.

Las víctimas de abuso sexual deben estar en el centro de nuestras preocupaciones y acciones. La Iglesia tiene el deber sagrado de proteger a los más vulnerables: niños, niñas, adolescentes, adultos vulnerables y sus familias. La protección de estas personas no se limita a prevenir el abuso, sino que también incluye ofrecer apoyo constante y cuidado después de que haya ocurrido un daño, nuestras oraciones para enfrentar su dolor e iniciar el camino de recuperación, acompañadas con acciones concretas de solidaridad, empatía y respeto.

Silenciar a las víctimas creyendo que esto ayuda a la Iglesia es un grave error. Este silencio no solo perpetúa el dolor de las víctimas, sino que también socava la credibilidad y la misión moral de la Iglesia. Las víctimas deben sentirse escuchadas y validadas, y se les debe proporcionar un espacio seguro para compartir sus historias sin miedo a la retribución o al juicio.

Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia, decía: “Nada grande se ha hecho en el mundo sin sufrimiento”. Sus palabras nos recuerdan que enfrentar el dolor y la verdad es parte esencial del camino hacia la redención y la justicia. Ignorar el sufrimiento de las víctimas es un acto de negligencia que contradice los valores cristianos fundamentales.

En este sentido, el perdón es un aspecto crucial de la vida cristiana, pero no debe ser forzado ni malinterpretado. Perdonar es un proceso que requiere tiempo, reflexión y, sobre todo, la gracia de Dios. Obligar a una víctima a perdonar a su agresor inmediatamente puede ser una forma de revictimización y puede agravar su sufrimiento.

Puede caerse en la tentación del perdón que olvide el sufrimiento, entierre la herida y aparte de nuestra vista el mal recibido y es necesario estar atentos para no pedir esto a quienes han sido heridos, porque es tan válido que una víctima y su familia elijan no abordar en un primer momento el tema del perdón, y aun así es nuestro deber otorgarles libertad, orar incesantemente y permitir que la Gracia actúe a su tiempo y no en el nuestro.

La Iglesia debe acompañar a las víctimas en su camino hacia la sanación, ofreciendo apoyo espiritual y emocional, pero siempre respetando su tiempo y proceso. El perdón es un don que solo Dios puede conceder plenamente, y cada individuo debe llegar a él de una manera que sea auténtica y sanadora.

Como miembros bautizados de la Iglesia, nuestro lugar es claro: debemos ser protectores de los más vulnerables. Este compromiso incluye no solo prevenir el abuso, sino también ser defensores activos de la justicia y la misericordia. Debemos estar dispuestos a escuchar, apoyar y acompañar a las víctimas, asegurando que se haga justicia y que se promueva la sanación.

La Iglesia debe ser un refugio seguro para todos, especialmente para aquellos que han sido heridos. Nuestro deber es crear un ambiente donde la verdad y la justicia prevalezcan, y donde la misericordia de Dios pueda ser experimentada plenamente.

La misericordia solo es posible con justicia. La Iglesia debe comprometerse a ser un faro de esperanza y sanación para las víctimas de abuso sexual, asegurando que se haga justicia y que se ofrezca un apoyo constante y compasivo. Silenciar a las víctimas no protege a la Iglesia; al contrario, la daña profundamente. La verdadera protección de la Iglesia se encuentra en la transparencia, la responsabilidad, la rendición de cuentas y el compromiso inquebrantable con la justicia.

El perdón es un proceso y un don de Dios, no algo que se pueda imponer. Como comunidad de fe, debemos acompañar a las víctimas en su camino hacia la sanación, respetando su proceso y proporcionando el apoyo necesario.

Pidamos a Dios que nos conceda la sabiduría y la valentía para romper el silencio, el encubrimiento y la complicidad, y que nos ayude a ser verdaderamente cristianos, protegiendo y defendiendo a los más vulnerables con amor y justicia.

Nota importante. En nuestra Diócesis de San Juan de los Lagos, además de la Comisión Diocesana para la Protección de los Menores (https://protecciondelosmenores.org/), se cuenta en el Obispado con una oficina  en la que se pueden presentar denuncias de abusos sexuales a menores y adultos vulnerables (en este link puedes encontrar los pasos para realizarlo: https://diocesisdesanjuan.org/?p=807)

Por: Lic. Carolina Téllez Estrada
Especialista en Protección de Menores