En este artículo les invito a reflexionar en la importancia de la conversión, no solo como un acto único, sino como un camino continuo que influye directamente en la creación de espacios seguros, especialmente para nuestros niños, niñas, adolescentes y adultos vulnerables.
La conversión, según el Evangelio, no es solo un cambio superficial, sino una transformación profunda del corazón y la mente. San Pablo nos recuerda en Romanos 12, 2: “No se conformen a este mundo, sino transfórmense por la renovación de su entendimiento”. Este llamado a la transformación nos insta a examinar nuestras acciones y a comprometernos con un cambio constante en busca de una vida más alineada con los valores de Cristo.
En el contexto de la protección de menores, la conversión se presenta como un camino fundamental para la creación de espacios seguros. Aquí hay algunas reflexiones para iluminar nuestro viaje de conversión:
1. Reconocimiento de la Dignidad Humana: La conversión nos llama a reconocer la dignidad innata de cada ser humano, especialmente la de los niños. El Papa Francisco nos recuerda: “Una sociedad que abandona a los niños y que margina a los ancianos corta sus raíces y oscurece su futuro. Y ustedes hagan la valoración sobre qué hace hoy nuestra cultura, ¿no? Cada vez que un niño es abandonado y un anciano marginado, se realiza no sólo un acto de injusticia, sino que se ratifica también el fracaso de esa sociedad” (Discurso del Papa Francisco a los participantes en la plenaria del Consejo pontificio para la familia. 25 de octubre de 2013). Por eso nos comprometemos a crear entornos donde cada niño, niña, adolescente y adulto vulnerable se sienta amado y protegido.
2. Responsabilidad y Rendición de Cuentas: La conversión implica asumir la responsabilidad por nuestras acciones y la rendición de cuentas ante Dios y la comunidad. En el contexto de purificación al que nos invita el Santo padre nos señala: “El santo temor de Dios nos lleva a acusarnos a nosotros mismos —como personas y como institución— y a reparar nuestras faltas. Acusarnos a nosotros mismos: es un inicio sapiencial, unido al santo temor de Dios. Aprender a acusarse a sí mismo, como personas, como instituciones, como sociedad. En realidad, no debemos caer en la trampa de acusar a los otros, que es un paso hacia la excusa que nos separa de la realidad” (Discurso del Santo Padre Francisco al final del Encuentro “La protección de los menores en la Iglesia”, 24 de febrero de 2019). Esta llamada a la responsabilidad nos insta a ser guardianes diligentes de la seguridad de nuestros menores y adultos vulnerables.
3. Educación y Formación Continua: La conversión requiere un compromiso constante con la educación y la formación. La prevención de abusos sexuales exige estar informados sobre las señales de alerta, las políticas de protección de menores y las acciones que debemos tomar. El libro de los Proverbios 1, 5 nos aconseja: “Oirá el sabio, y aumentará el saber, y el entendido adquirirá consejo”. En nuestra sabiduría, busquemos la formación que nos permita proteger a los más vulnerables, yendo mucho más allá de nuestras creencias y limitaciones.
4. Promoción de la Justicia y la Sanación: La conversión nos llama a ser agentes de la justicia y la sanación. No solo debemos prevenir el mal, sino también trabajar por la justicia y apoyar a aquellos que han sufrido. Como se nos dice en Isaías 1, 17: “Aprendan a hacer el bien; busquen el juicio, restituyan al agraviado, hagan justicia al huérfano, amparen a la viuda”. Que nuestras acciones reflejen la compasión y el amor de Cristo hacia los más necesitados.
Abracemos la conversión como un camino permanente hacia la creación de espacios y entornos seguros para nuestros menores. Que cada paso que demos nos acerque más a la imagen de Cristo y a la protección amorosa de aquellos que más lo necesitan.
Por: Lic. Carolina Téllez Estrada
Especialista en Protección de Menores
