Una de las cosas más difíciles cuando se acompaña a las víctimas de abuso sexual (sean niños, niñas o adolescentes, adultos vulnerables o adultos que pasaron esta experiencia en su infancia), es ponerle palabras a la experiencia vivida, atreverse a expresarse abiertamente y cuando comienzan a hacerlo, todo lo que hemos venido compartiendo a través de los diferentes artículos sale a la luz: el dolor y sufrimiento que no prescriben, la realidad indiferente de nuestra sociedad, la incredulidad e inacción de quienes les rodean, etc.

En esta ocasión, compartimos esta breve entrevista para permitir que quienes han pasado por esta experiencia puedan expresarse y ser escuchados en sus propias palabras. Agradecemos la disposición para hacerlo, y el valor para compartirlo, así mismo, les invitamos a leer con el corazón abierto, y el respeto que se merece la tierra sagrada del corazón del otro.

Sirva esto de testimonio de lo urgente que es tomar consciencia de la necesidad de proteger a nuestros niños, niñas, adolescentes y adultos vulnerables y de generar una cultura donde verdaderamente cuidemos y respetemos, realizando las acciones necesarias para que estos horrores no se sigan repitiendo.

Pregunta. ¿Qué es lo más difícil que has tenido que enfrentar a raíz de la situación de abuso sexual que viviste?

Respuesta: Lo más difícil que he tenido que enfrentar, en primer lugar, es el dolor de lo vivido, el miedo de volver a vivir algo igual, a creer en momentos que ese miedo lleno de oscuridad es como un monstruo que me atrapa todo el tiempo y bloquea mi mente, a tal grado que me sentí muchas veces inferior, sin valor e incluso a enfrentarme a una culpa que no era mía.

En segundo lugar, darme cuenta de que quienes me rodeaban lo sabían y no hicieron nada para ayudarme. Fingieron que nada pasaba y cuando busqué ayuda, (de esto me enteré hace pocos meses) me contestaron que les parecía increíble, que no podían hacer nada porque era su hermano. Al intentar buscar ayuda escuché: “ya pasó”, “todo está bien”, “deja eso atrás”, como si solo con desearlo eso fuera posible, como si todo desapareciera “echándole ganas”, y entonces, al no poder hacerlo, me sentía culpable de no poder. Escuchar hablar del perdón porque es mi padre y tener que convivir con él aun cuando sigue teniendo actitudes lascivas, cuando me ve y manda mensajes grotescos de distintos teléfonos que tengo que bloquear una y otra vez. Entonces en vez de hablar me callé muchos años, pensaba que nadie me creía y en realidad lo sabían. Enfrentar eso es muy doloroso, es como si hablar no tuviera sentido, como si no hubiera salida, viví sola mi pesadilla, rechazada, aislada, como si la que hubiera hecho algo malo hubiera sido yo.

En tercer lugar, enfrentarme a la sociedad llena de prejuicios e indiferencia con el tema del abuso, escuchar comentarios de personas a cargo de pequeños que dicen “¿para qué hacen escándalo?, Se le va a olvidar!”. Pero es algo que no olvida la mente ni el corazón, el cuerpo tiene memorias que se activan solas y vuelven a generar terror… pero parece que a nadie le importa.

Pregunta: Hay mucha gente que se pregunta ¿por qué quienes han vivido abuso no lo olvidan y siguen con su vida?, ¿Qué contestarías a esa pregunta?

Respuesta: En algún momento de crisis me acerqué a una persona, quién después de escuchar todo lo que le contaba me dijo: “ya deja eso atrás y comienza de nuevo, no cargues con tu pasado, solo suéltalo y ya”; en otra ocasión, llena de culpa acudí a confesarme, y la respuesta que encontré en el sacerdote fue: “Acuérdate del mandamiento que dice honrarás a tu padre y a tu madre, dentro de eso mismo, tienes que perdonar”. La cabeza se me hizo bolas en un instante, aparte de sentirme culpable por lo vivido, ahora tendría que enfrentar el faltar a un mandamiento… así mismo, me pregunté una y otra vez, ¿en qué lugar existe un mandamiento donde diga honrarás a tus hijos?, claro, la respuesta fue: en ningún lugar, sintiéndome obligada a pedir perdón por faltar a un mandamiento. ¿Cómo se honra a un padre que abusó de ti? Perdonar es una Gracia de Dios, me enteré después, y no sé si se me conceda… la verdad, desconozco la receta para acceder a eso y ni siquiera creo estar lista para ir tan lejos. Puedo decir que ese sacerdote en aquel momento me hizo mucho daño con sus palabras e insensibilidad, al igual que las personas que actuaron como él.

Me pregunto a mí misma: ¿cómo se deja eso atrás? Y no, no hay receta instantánea que me ayude a soltarlo solo con escuchar “ya deja eso atrás”. Cuando sufres un abuso tu mente se paraliza, te llenas de miedo, el cerebro constantemente pasa imágenes de lo vivido y aunque uno sea consciente de que ya no está pasando en el momento, el terror vuelve a despertar generando angustia. Así que mi respuesta a esta pregunta sería justamente no hay receta mágica, el trauma por lo vivido queda marcado profundamente, no es olvidar, es aprender a vivir con la herida que te acompañará por el resto de tu vida, como víctima de abuso puedo decir que en más de una ocasión lo que más pedía era que me conectarán algo en la cabeza y como electroshock se me borraran los recuerdos. Claro que después de enfrentar ese dolor me hubiera gustado tener amnesia pero no, no funciona así… entonces, no es que no lo quiera dejar atrás, no es que no quiera sanar, pero es un proceso que así como la temporada de huracanes que vienen de repente y arrasa con todo, cuando creías que ya estás bien, pasa algo y otra vez estás en el torbellino, sintiendo que se te destruye todo: tus sueños, tus ilusiones, tu deseo de ser como los demás, y luego pasa, llegan días de calma y parece todo ir mejor, hasta que nuevamente vuelves a empezar… no se lo deseo a nadie.

Pregunta: ¿Qué te ayudaría o te ayuda a sobrellevar esto, de parte de quienes te rodean y de la sociedad?

Lo que me ha ayudado es recibir acompañamiento psicológico, encontrarme con personas llenas de empatía que dejan los prejuicios y las creencias de un lado y ponen su costal de arena para ayudar sin pedir nada a cambio, que no piden detalles de lo vivido, que te hacen ver con claridad que el pasado es parte, pero también te hacen ver que a pesar de la herida se puede encontrar una mejor salida, y esa salida es dejar que el corazón hable, por eso estoy aquí porque hablar sana, porque tomar la iniciativa de querer un mundo mejor no borra la herida pero crece la esperanza de que alguien más con la ayuda de muchos no pase por este dolor. Esto último me da fortaleza, creer que de alguna manera puedo hacer algo por alguien, que alguien comprenda y no deje solo a otro que ha sufrido… si lo logro, todo este horror no habrá sido en vano, es lo que me hace sobreviviente, lo que me permite no rendirme en los peores momentos, me regresa un poquito de paz.

Finalizamos este artículo con este escrito que dio pie a esta entrevista, escrita por esta sobreviviente:

El cielo ruge con gran intensidad, su furia parece reflejarse en la inmensidad del mar.

Es un grito silencioso que se alza desde lo más profundo de la tierra y el mar, clamando por justicia, exigiendo un cambio por el abuso sexual en nuestra sociedad.

Es desgarrador contemplar cómo, en medio de esta tormenta de violencia, tanta impunidad rodea a los perpetradores de estos actos atroces.

Es un dolor que se extiende por generaciones, una herida que parece nunca sanar.

Pero no podemos permanecer en silencio, no podemos dejar que esta oscuridad continúe carcomiendo corazones, rompiendo la esperanza.

Es hora de que las campanas de la autoridad suenen con fuerza, llamando a la acción, exigiendo justicia.

Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en esta lucha.

No podemos permitir que otro niño sufra, que otro ser inocente sea dañado por aquellos que creen que su poder al levantar un solo dedo todo tiene que estar a sus pies, los cuales creen que con un simple gesto todo puede ser borrado, pero no, la herida imborrable ha quedado marcada en gritos de silencio que cuando se decide hablar se pregunta ¿y ahora en QUIÉN CONFIAR? 

Pero el tiempo de esa impunidad debe llegar a su fin.

Debemos unirnos como sociedad, como comunidad, para proteger a los más vulnerables y poner fin a toda esta atrocidad.

Hoy, elevamos nuestras voces en nombre de aquellos que no pueden hablar.

Pedimos que las cadenas de silencio y miedo se rompan de una vez por todas.

Los niños merecen crecer en un mundo donde sus sueños sean más fuertes que sus pesadillas, donde puedan ser libres como las aves en el cielo, que vuelvan a creer en la esperanza de todo aquello que en un abrir y cerrar de ojos les rompieron, que hoy suenen las campanas y se rompa el silencio, que se escuche las voces de todos ellos.

Es el momento de reconstruir esas alas rotas, de darles a esos niños la oportunidad de volar hacia un futuro mejor.

Debemos devolverles la esperanza que les fue arrebatada y recordarles que, juntos, podemos construir un mundo donde reine la justicia y el respeto.

No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras esta tormenta de abuso sexual persiste; es nuestra responsabilidad alzar nuestras voces y trabajar unidos para proteger a los más vulnerables y garantizar un mundo más seguro y compasivo para todos.

Hoy levanto la bandera con coraje y sinceridad, porque estoy segura que el poder, jamás podrá contra la verdad.

Por: Lic. Carolina Téllez Estrada
Especialista en Protección de Menores