La realidad de los abusos de poder, consciencia, espirituales y sexuales, cometidos por miembros de la Iglesia, es una realidad interpelante que ha llevado a ir profundizando en la comprensión de las dinámicas que se generan alrededor de actos concretos y que requieren de manera puntual una respuesta contundente, una postura a favor de la dignidad humana.
En este artículo deseamos reflexionar en la profunda empatía y compasión que Jesús mostró, a lo largo de su vida, frente a aquellos que sufrían de diferentes males y lo que Él proponía como Buena Noticia: “El alivio al sufrimiento mostrando el Rostro Misericordioso del Padre”.
Lee Lucas 10; 25-37: la Parábola del Buen Samaritano.
Releyendo el texto, podemos encontrar los factores de riesgo en los que podemos caer y hemos caído al afrontar el dolor de las víctimas de abuso y que están representados por el Sacerdote y el Levita.
a) Indiferencia ante el sufrimiento. Sea por casualidad o porque tenían que pasar por ahí, tanto el sacerdote como el levita, ambos personajes religiosos, se muestran indiferentes ante la tragedia, el sufrimiento, la necesidad de la víctima; ensimismados en sus deberes, incapaces de mirar más allá y de ponerse en contacto con la realidad que les rodean, tienen el corazón cerrado.
Esta primera reacción, lamentablemente, ha herido profundamente a las víctimas.
Una Iglesia que proclama la Buena Nueva para los que más sufren, pero que se muestra indiferente ante las víctimas, está ciega, se está perdiendo de la Misión que le fue encomendada y cada protagonista demuestra una cosa: han endurecido el corazón.
b) Desvío para evitar acercarse. Ambos personajes se desvían, evitan a la víctima, no quieren ver sus heridas, volverse impuros con su sangre, detenerse para auxiliarle.
Esta segunda reacción tiene que ver con el encubrimiento. Los asaltantes aparecieron y desaparecieron antes, pero tanto el sacerdote como el levita tienen la responsabilidad de ser Hombres de Dios, de aliviar el sufrimiento, de ayudar al necesitado, y se desvían para no hacerlo.
Hay pecados de acción y de omisión, pero si la indiferencia es un pecado, el encubrimiento es un delito, tanto en el ámbito del Estado como en el Canónico (de la Iglesia). El encubrimiento que se ha hecho a través de los cambios de lugar, de la sordera ante las denuncias, de las decisiones rápidas que ayuden a “deshacerse del problema” y “evitar el escándalo” es el verdadero escándalo. Porque la víctima ya está ahí.
Como sociedad tenemos más o menos la capacidad de comprender que la Iglesia la conforman seres humanos falibles, pero el desvío que ha conducido al encubrimiento y el silenciamiento, ha generado la sensación de complicidad, de hipocresía, de doble moral, de descrédito y ha propiciado que se generalice un señalamiento que tanto se quería evitar: “todos son iguales”.
c) Pasar de largo para dejarles atrás. El Sacerdote y el Levita continúan su camino, siguen con su itinerario, mantienen su ritmo, pero de ambos se afirma: “vio y pasó de largo”.
No es que no se dieran cuenta de su presencia, no es que no notaran su sufrimiento, no es que fueran circunstancialmente ignorantes de su existencia, le vieron, y decidieron no hacer nada, es más, se desvían para pasar de largo.
La inacción frente a los abusos ha mandado mensajes equivocados a todos lados: a la propia Iglesia, la sensación de que se puede trasgredir sin que haya consecuencias, que si hablas nadie hará nada, que no importan las víctimas, que existen ciudadanos de segunda…
Pasar de largo porque no es mi culpa lo que le ha pasado, debió darse cuenta, poner límites, hablar antes, no comportarse así, ser mejor cristiano, seguro quiere dinero, ha de ser mentira… es lo que ha generado la crisis en la que nos encontramos. Un pecado de omisión y un delito que claman justicia al cielo.
Todos podemos ser el sacerdote y el levita.
Vamos un paso más allá, porque esto es para todos los que nos decimos católicos y por tanto Iglesia.
Indiferencia ante el sufrimiento, desvío para evitar acercarse y pasar de largo para dejarles atrás no son solo factores de riesgo y errores cometidos por personas consagradas (sacerdotes, religiosos y religiosas), son actitudes de riesgo que cada uno de nosotros podemos estar cometiendo, portándonos con indiferencia, encubriendo a través de la minimización, trivialización o culpabilización de las víctimas.
No hacer nada cuando nos enteramos de un abuso, para cuidar el buen nombre de la Iglesia, (o del papá, o del tío, o del primo… para que se olvide más pronto, para evitar problemas, es una gran tentación y conduce a la traición de nuestros valores fundamentales y la religión que decimos profesar.
Todos estamos en este mismo barco llamado Iglesia, y todos podemos tener la tentación de generar una mayor tragedia en la vida de las víctimas al actuar de estas maneras y contribuir en detrimento de la dignidad humana de cada hermano y hermana lastimada.
Jesús en la Parábola del Buen Samaritano, está respondiendo a la pregunta de ¿quién es mi prójimo? a un Maestro de la Ley que quería tenderle una trampa y hoy nos pregunta, a ti, a mí, a todos… ¿Quién de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre que cayó en manos de los asaltantes? Y todos sabemos cuál es la respuesta, pero la pregunta personal es ¿y tú, estás haciéndote prójimo? Jesús anuncia y denuncia… y nos invita a tomar conciencia de ¿qué tan endurecido está nuestro corazón?, nos acusa de indiferencia al minimizar la tragedia y tomar posturas ambiguas o encubridoras, pero con esa pericia amorosa que invita siempre a la conversión… pues nunca es tarde, para verdaderamente amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Por: Lic. Carolina Téllez Estrada
Especialista en Protección de Menores
