En el mes de marzo 2023, se publicó un video del papa Francisco, haciendo un llamado a la reflexión y al compromiso, dejando en claro la postura que como Iglesia necesitamos tener frente al tema de los abusos de cualquier tipo (abuso de poder, de consciencia, espiritual o sexual).

En dicho video el Papa Francisco afirmó:

Ante los abusos, especialmente los cometidos por miembros de la Iglesia, no basta pedir perdón. Pedir perdón es necesario, pero no basta.

Pedir perdón es bueno para las víctimas, pero son ellas las que deben estar “en el centro” de todo.

Su dolor, sus daños psicológicos pueden empezar a sanar si encuentran respuestas; acciones concretas para reparar los horrores que han sufrido y prevenir que no se repitan.

La Iglesia no puede tratar de esconder la tragedia de los abusos, sean del tipo que sean. Tampoco cuando los abusos se dan en las familias, en los clubs, en otro tipo de instituciones.

La Iglesia tiene que ser un ejemplo para ayudar a resolverlos, sacarlos a la luz en la sociedad y en las familias.

Es la Iglesia la que tiene que ofrecer espacios seguros para escuchar a las víctimas, acompañarlas psicológicamente y protegerlas.

Oremos por los que sufren a causa del mal recibido por parte de los miembros de la comunidad Eclesial: Para que encuentren en la misma Iglesia una respuesta concreta a su dolor y a su sufrimiento”

Este llamado del Papa Francisco está en sintonía con las acciones realizadas ya por sus predecesores San Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Pero ¿Por qué el Papa dice algo que pareciera de sentido común y lo repite en tres ocasiones justo al inicio? “No basta Pedir Perdón; Pedir perdón es necesario, pero no basta; pedir perdón es bueno para las víctimas, pero son ellas las que deben estar en el centro”.

Se trata de un fuerte llamado de atención respecto al abuso y la actitud equivocada que se ha sostenido en el tiempo, que cierra con la motivación: “las víctimas deben estar en el centro”.

Es que la Iglesia ha hecho un largo recorrido de reflexión, y comprensión de este fenómeno, y ha reconocido que se han cometido graves y dolorosos errores (y horrores) que han generado mayor sufrimiento: el primero y más grave, velar por el buen nombre de la Iglesia, su reputación, en vez de velar por las víctimas, su recuperación, e incluso su seguridad.

El camino que recorremos es un camino de conversión, donde las acciones que tomamos han de tener un sentido de profundo deseo de reparación. No basta pedir perdón, incluso podemos decir que el perdón de las víctimas es un bálsamo inmerecido.

Atentos a aquellos que sobrevivieron y hoy develan su dolor, el discurso del perdón ha sido utilizado también para seguir lastimando a aquellos que con valentía han quebrantado el silencio.

Perdón se ha dicho en el pasado muchas veces, (y sigue sucediendo en el presente). Perdón, quisiera pedirte perdón por la debilidad de mis hermanos, pero quisiera que tú pudieras perdonarlos.

En ocasiones se dice frases que lastiman más: “Perdón, pero no hables de ello”. “Perdón, ve a casa y sigue con tu vida como si nada hubiera pasado”. “Perdón, y recupérate… confórmate con que lo reconozca”. “Perdón, y olvida el asunto”.

Para que el Perdón ofrecido rinda frutos, necesita:

  • Verdadera conciencia del daño causado, asumiendo no solo las acciones concretas abusivas, sino las omisiones que le rodearon y que permitieron que se produjera el abuso.
  • Asumir la responsabilidad del análisis del contexto que le rodeó y que hizo inseguro un lugar y a una persona que debiera ser absolutamente sagrado y seguro para cualquier otra.
  • Generar un cambio en todas las estructuras (personales, mentales, institucionales) que evite que algo así pueda suceder en el futuro e interrumpa que se continúe en el aquí y el ahora.
  • El compromiso de estar presente para sostener el proceso de recuperación de la persona y su familia.
  • La apertura y transparencia para formar sobre el tema en todas las áreas pastorales.
  • Un llamado constante a la conversión para ser verdaderos mensajeros de la Buena Nueva, incluso para aquellos que elijan alejarse definitivamente de la Iglesia 

Esta es la Iglesia que refleja el rostro misericordioso de Jesucristo, una Iglesia que mirándose puede reconocerse imperfecta y dañada, necesitada del Señor, una Iglesia que confía en La Palabra y por eso se atreve a dar pasos en lo profundo. Una Iglesia que no tiene afectos por su propio pecado, si no que confiando en que el Señor ha vencido a la muerte, se atreve a sacar a la luz sus heridas, se atreve a mostrar la profundidad de su mal y se atreve a pedir el máximo don (per-don). El don de ser renovados por su amor, el don de ser comunidad para nuestros hermanos heridos, el don de acoger la vida, renunciando a la violencia y la muerte. Quizás solo así podremos ser reflejo de Jesús de Nazaret, que camina entre los necesitados, para curar parálisis, abrir los oídos sordos, sanar los ojos confinados a la oscuridad. 

El don de Jesús (per-don) viene con la inmensa responsabilidad de su gracia, don que nos impulsa a la conversión, que nos obliga a la reparación, el don sagrado de la responsabilidad de ser fieles a su mandato de vida.

Que el Señor nos conceda la gracia de acoger a los que, necesitados de reparación y justicia, buscan el reencuentro con el Rostro amoroso de Dios y nos dé la fortaleza de actuar como verdaderos cristianos.

Para ver el video: https://www.youtube.com/watch?v=3u9oNOLsnc0

Por: Carolina Téllez Estrada
Especialista en Protección de Menores