Rosa tenía 12 años cuando sufrió abuso sexual por su abuelo, claro que habló, gritó y pataleó la puerta de aquella habitación, pero nadie llegó a auxiliarla. Más tarde se animó a decirle a su mamá, pero ésta no le creyó, y pues claro ¿por qué le iba a creer a una niña que parecía estar tan confundida? La madre insistió en que su hija realmente había soñado el hecho y resultó regañada por ser una niña mala e inventar cosas. Pero Rosa siguió buscando, llegando a los oídos de la abuela, la cual la escuchó, pero no emitió ningún comentario, solo guardó silencio.

Al nadie querer ver, ni escuchar, el abuso volvió a pasar cada noche. Rosa volvía a gritar hasta que sintió que su voz no era tomada en cuenta, así que dejó de hacerlo, se rindió. Cuando sentía ganas de gritar ya no lo hacía para afuera si no hacia sus adentros. Cuando alguien la molestaba, la lastimaba o la hería de alguna manera, se enojaba, ardía y tiraba fuego arremetiendo contra sí misma todo el tiempo. Entonces se decía: “que tonta eres, no debiste provocar al abuelo, tú te buscas lo que te pasa, te lo mereces por ser una niña tan mal portada”. De esta manera sin darse cuenta introyectaba todos esos comentarios que le hacían los demás, haciéndose heridas emocionales cada vez más profundas y dolorosas.

Afortunadamente su agresor murió después de que Rosa cumplió los 18 años. Su mamá la obligó a que buscara un trabajo, pero ella tenía mucho miedo de salir a la calle y toparse con algún otro hombre porque sentía que le harían lo mismo que su abuelo. A pesar de esta situación ella no tenía opción porque su madre no estaba en condiciones de trabajar ya que era alcohólica y la habían despedido de sus dos últimos empleos y aunque iba a entrevistas, le negaban el trabajo por su aliento a alcohol.

Rosa no tuvo otro remedio que enfrentarse al mundo en busca de los recursos económicos que necesitaban. Por fortuna pudo conseguir un trabajo de secretaria en una empresa donde conoció a Beto, un muchacho que mostró interés por hacerla su novia. Las intenciones de Beto eran buenas pues estaba buscando una esposa. Rosa aceptó conocerlo como novio, pero no soportaba tener cualquier tipo de contacto físico con él, porque le recordaba a su abuelo, y aunque Beto era muy paciente con Rosa, ella no estaba acostumbrada a que un hombre la tratara bien, por lo que constantemente se sentía insegura y pensaba que si le regalaba flores era porque tenía alguna otra intención con ella, tal cual como lo vivió con el abuelo quien en un principio comenzó a ofrecerle dulces para después abusar de ella.

El novio de Rosa estaba al tanto de cómo se sentía ella y trataba de ser paciente, cariñoso y atento a sus necesidades, pero Rosa. era demasiado desconfiada. presentaba pesadillas y problemas de ansiedad por ello Beto le sugirió que buscara apoyo de un psicólogo a lo que inmediatamente se negó, argumentando que estaba segura que no le creerían, así como nadie le había creído hasta entonces. Beto le dijo “yo si te creo”. A lo cual contestó: – No, es así solo finges creerme porque quieres que haga contigo lo que el abuelo me pedía hacer con él, pero no lo vas a lograr. Desde ese momento esa relación termino. Beto asistió al psicólogo para poder trabajar el duelo de su ruptura amorosa, por su parte a Rosa le dio un brote psicótico depresivo tan fuerte que terminó en un hospital psiquiátrico. De esta manera su vida quedó totalmente paralizada, como consecuencia de las secuelas del abuso que vivió.

El miedo es una emoción que todos los seres humanos tenemos, introyectado por instinto de autoprotección. Por ejemplo, cuando vamos caminando por la calle y nos encontramos un perro con grandes colmillos, se activa nuestro sentido límbico, que nos hace huir para sobrevivir. En algunas otras veces podríamos sentir tanto miedo que, imaginamos que corremos pero nuestros pies se quedan anclados en el piso sin poder responder. Es ahí cuando podemos decir que el miedo nos paraliza.

En este caso vemos que Rosa en primera instancia corre, grita, intenta huir de su agresor sin tener respuesta alguna, luego busca ayuda y nadie la escucha, por lo cual siente que se queda sin voz, porque nadie le hace caso, hasta llegar al punto donde por fin parece verse libre del abuso y se experimenta más atada de pies y manos que en un principio, puede irse buscar ayuda en profesionales de la salud mental para poder encontrar su felicidad pero no lo hace, porque el miedo es más grande que sus sueños.

Así como Rosa, hay muchas historias reales de personas que sufren abuso sexual, por ello es importante ser puentes de ayuda, primero escuchando, después validando sus sentimientos, para más tarde poder ayudar. No seamos indiferentes ante una persona que gritó y no la escucharon y ahora se muestra “pesimista y conformista” y no porque no quiera recibir la ayuda de alguien si no porque el miedo es mayor que ellos. Apoyemos a nuestros hermanos que han sufrido un abuso sexual y seamos el puente de las posibilidades a una vida mejor.

Cierro con una pregunta, citado al escritor Luis Galindo: Tú, ¿en qué miedo descubriste que eras valiente?

Por: Psic. Juana Isela León López