Cuando hablamos de abuso sexual infantil inevitablemente nos topamos con un agresor o presunto culpable, y nos es muy fácil etiquetar al “bueno” y al “malo”, al “culpable” y al “inocente”. Ojalá que la vida fuera así de simple como lo es agrupar, etiquetar, señalar y hablar de los errores de los demás, pero la realidad supera la ficción, ni todo es blanco, ni todo es negro. Nos guste o no, la vida tiene matices. Por ello quiero remitirme a un pasaje del evangelio que nos ayude a ver al agresor desde los ojos de Dios y no desde los nuestros solamente.

“En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más»” (Jn 8, 1-11).

Con este pasaje Dios nos da un ejemplo de misericordia infinita que claro está, no tenemos ese nivel, sobre todo cuando se trata de juzgar, pero valdría la pena tener, aunque sea un poquito para mirar a nuestros hermanos, sobre todo a aquellos que se han equivocado en el camino desde la compasión y la empatía, sin justificar o minimizar sus malas acciones.

En el momento que sucede un abuso sexual lo más común es que nos sintamos indignados como personas, como parte de la Iglesia, pero también como sociedad, porque ante nuestro criterio eso jamás debería ocurrir, entonces lo más lógico sería defender a la víctima atacando al agresor, algunas personas al no ver justicia por las autoridades han recurrido a hacer justicia con su propia mano, muchas de ellas de forma pasiva;  es decir desde el momento que hablamos sin saber, criticamos las acciones del otro, opinamos sobre su vida como si fuéramos expertos en ella, ahí violentamos literal “apedreamos” a nuestro hermano, aunque no nos demos cuenta, estas acciones dañan y lastiman más aún si llegan a oídos del victimario. Muchas otras personas recurrirán a la violencia, agredirán a la persona físicamente como si esto fuera la solución.

Y la pregunta es ¿Quién soy yo para juzgar? qué papel juego en esta historia que me siento el protagonista, castigando los errores de un hermano, si Dios no lo hizo con aquella mujer ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? Con qué derecho nos atrevemos a asegurar algo de lo cual no tenemos certeza, con qué valentía nos atrevemos a contar una historia en la cual solo tenemos el papel de espectadores, valdría la pena darnos la oportunidad de ver con el alma y no con los ojos, tratando de entender la historia del otro, no todos somos totalmente buenos ni totalmente malos, así como podemos tener emociones como la alegría y el amor, también vienen a nosotros emociones como el odio y el rencor, queramos o no todo eso somos.

En el camino del abuso sexual infantil como parte de nuestra familia la Iglesia, no nos toca ser jueces, por más intrigas que tenta la historia, no tenemos ningún derecho a lastimar desde la critica a ninguno de nuestros hermanos implicados, hay que dejarles esa tarea a las personas adecuadas, en este caso a nuestras autoridades eclesiales.

Lo que si nos toca es confiar, rezar y desde nuestra fe pedirle a Dios que les ayude a esclarecer los hechos de una forma justa para todos, tomando en cuenta que no solo la victima sufre si no también el victimario y la familia del mismo, así como todas las personas allegadas. Desde esta postura me gustaría preguntarte ¿alguna vez has cometido un error? ¿Cuándo lo has hecho has pedido perdón? ¿Te han perdonado o te han sentenciado? ¿Cómo te gustaría ser juzgado por ti o por Dios misericordioso?

Creo que todos cometemos errores y hemos de hacernos responsables de las consecuencias de nuestros actos para aprender de la vida, por eso antes de señalar con el dedo los errores de tu hermano, observa cuantos dedos te apuntan a ti, date cuenta de que no estas libre de pecado, para cuando vayas a la Iglesia no solo pidas por ti y por las víctimas de los abusos, sino por todos los victimarios que se equivocaron y están llamados a la conversión, porque no hay que olvidar que la misericordia supone la justicia.

Por: Psic. Juana Isela León López