Hablar del abuso nos lleva a pensar en la víctima, como un sobreviviente a una violencia atroz. Sería lógico pensar que la persona afectada por un abuso hablará y pedirá ayuda inmediatamente, sin embargo, la realidad nos dice que son pocas las que denuncian los abusos más aún cuando los cometen figuras de poder o familiares.

Hoy toca alzar la voz por todas esas personas que no pudieron denunciar y por las que al hablar fueron silenciadas y obligadas a guardar el secreto por años hasta que un día ya no aguantaron, otras se llevaron el secreto a la tumba, por miedo a no ser escuchadas y creídas, tachadas de locas, o para evitar los escándalos.

Hoy toca ver el abuso con los ojos bien abiertos, sin justificantes, sin omisiones ni sentidos de protección, hoy toca adentrarnos en el mundo de la víctima conectando su sentir con el sufrimiento y la misericordia de Dios que nos da esperanzas de justicia. Para ello leamos los siguientes testimonios:

  1. “Querida mamá, perdón por no haberte hecho caso cuando me dijiste que no debía hablar con desconocidos, ahora sé que debía cuidarme, pero no imaginé que aquel día que me dejaste en casa de la abuela todo cambiaría. Fui muy tonta al no ver los peligros, ni los focos rojos cuando mi tío me ofreció los dulces que tanto me gustaban, en verdad no lo hice con mala intención, creí que él era bueno como cuando nos visitaba en la casa y nos llevaba regalos. No debí ser tan crédula cuando me compró ese regalo que decía ser muy costoso, él decía que me quería y le creí porque muchas veces besaba mi frente y mis mejillas como lo hacía papá”. 
  2. “Perdón papá porque no te hice caso cuando no me diste permiso de salir a jugar a la calle y aún así me escapé para ir a jugar con mis primos, siempre me sentí segura hasta que llego ese señor a darnos dinero a cambio de un beso, mis amigas accedieron y yo también, aunque no estaba muy segura, pero me dio miedo decir que no porque no sabía si se enojaría. Siento mucho no haber aprendido a decir que no, pero es que tantas veces quise hacerlo cuando algo no me gustaba, cuando estaba molesta o algo me incomodaba como aquella vez que me pediste que saludara a unas personas desconocidas y me despidiera con un beso, en verdad que no quería hacerlo, pero no quería que me dijeran mal educada, niña fea o tú te enojaras conmigo”.
  3. “Papá, mamá les prometo que el día que eso paso corrí con todas las fuerzas que tenía, intenté gritar pero nadie me escuchó, le dije a esa persona que no lo hiciera, que me dejara que les contaría a todos ustedes, lo mordí, patalee y me defendí como tú me enseñaste papá, hasta que ya no pude, solo sentí un golpe muy fuerte en mi cabeza y de ahí ya no recuerdo nada, sé que ese día algo paso y a veces sueño con eso, nunca me atreví a decirlo porque habían pasado tantos años que la historia se vuelve tan borrosa y quisiera hacer de cuenta que nunca existió, no sé por qué eso ayuda a calmar un poco mi mente, a protegerme y a sentirme un poquito menos mal, a veces finjo con ser la heroína de mi propio cuento para hacer justicia, imagino que por fin esa persona esta tras las rejas donde ya no podrá hacer ningún daño. Pero luego la burbuja de la fantasía se rompe y todo regresa a la normalidad, la historia es tan real y se siente así desde el día que lo viví, lo tengo tan claro porque desde ese instante ya no volví a ser la misma”.
  4. “Mamá y papá sé que se enojaron cuando bajé mis calificaciones, comprendo que debí echarle más ganas, pero no pude, no lograba concentrarme, mi mente divagaba y me escapaba cada vez que podía de la realidad que me atormentaba sobre todo cuando teníamos que reunirnos en familia y él estaba ahí, sentado como si nada. Todavía me pregunto si yo me lo busqué, y entre más lo pienso creo que sí, no debí salir a jugar esa tarde, no debí confiar, no debí buscar a alguien con quién jugar, debí de ser más precavida, medir los riesgos, estar siempre alerta, ver los focos rojos aunque a la edad de 5 años uno no entienda el significado de eso, ver la malicia de la gente aunque por naturaleza en mi ser solo había inocencia por mi desconocimiento del mundo, debí pedirte que me acompañaras aunque no quisieras porque estabas ocupada, debí saberme cuidar, pero no, no lo hice porque a los 5 años uno no sabe mucho de la vida, aun me costaba vestirme, amarrar mis agujetas como para cuidar que la gente no se me acercara con malas intenciones.  Siento una enorme culpa por todo lo que me pasó, pero más por no poder evitar que me pasara, ahora creo que mi castigo será el silencio, registrarlo en el pasado y tacharlo de la historia para no crear conflicto. Hoy ya no tiene más sentido hablar, me tranquiliza saber que el tío ya murió y papá está agonizando, sé que él siempre confió en su hermano ciegamente y, yo no quiero arruinar la imagen de su hermano, hay sufrimientos que se viven en silencio para no dañar a la familia, no quiero que por mi culpa todo eso se destruya”.

Dicen que la culpa es un sentimiento inútil, pero en este caso el sentimiento de culpa de la víctima funciona como una válvula de escape para mitigar su dolor. Pareciera que el autocastigo es más eficaz que la justicia, pero esto es producto de una cultura del silencio donde es más fácil tapar el sol con un dedo que aceptar la responsabilidad que nos toca, es más fácil silenciar a la víctima que el escándalo social. Los sentimientos de la víctima de abuso nunca van a ser los mejores, es verdad que estarán pegados a la realdad porque desde su vulnerabilidad los han manipulado para que ellos mismos lleguen a pensar que son los responsables de lo que les paso, pero esto no es más que una cortina de humo que como sociedad y  como miembros de la Iglesia tenemos que ir desvaneciendo para que la justicia se haga presente, pidamos a Jesús que nos ayude a ser responsables en el cuidado y prevención de cualquier maltrato a los menores, que no nos hagamos ciegos, sordos ni indiferentes ante el abuso para que esto no se repita y para que quienes han sido heridos puedan encontrar en nosotros un refugio y espacio de verdadera escucha.

Por: Psic. Juana Isela León López