Había una vez en un lugar del mundo una comunidad de aldeanos dedicados a la venta de piedras preciosas que obtenían de una pequeña mina, todos se llevaban muy bien, cada uno de ellos desde sus posibilidades trabajaba para poder llevar comida a sus hogares y cuando alguien no tenía víveres, los demás los compartían, buscaban siempre el bien común apoyándose unos a otros.
En aquel lugar vivía Juan, un niño muy tranquilo que siempre ayudaba a sus vecinos, jugaba con sus amigos, era honesto, bondadoso y obediente. Cuando Juan creció sus padres quisieron darle la educación que ellos hubieran querido tener y para ello lo enviaron a estudiar a la capital donde más tarde se recibiría de doctor.
Paso el tiempo y Juan regresó, este acontecimiento reunió y alegró a la comunidad: adornaron las casas, las calles y el pequeño kiosco, hubo flores, música y comida; todos los invitados, pero especialmente sus padres se sintieron muy felices y orgullosos de que hubiera regresado siendo todo un profesionista para atender la necesidad de los enfermos.
Luego de unos días, el doctor Juan se dedicó a atender a las personas, en su gran mayoría eran los ancianos los que resultaban afectados por alguna enfermedad, aunque también había niños que se enfermaban constantemente. Todos estaban encantados por la atención del doctor porque confiaban en él, recordaban al buen niño que era y eso hacía que les resultara fácil creer en todo lo que les decía, tanta era la confianza que muchos de los padres de familia enviaban solos a sus hijos a consulta. Con frecuencia se veían entrar y salir a niños de 5 años en adelante del consultorio con una rica paleta como premio a su valentía de atenderse, o al menos eso era lo que la gente pensaba hasta que empezaron a pasar cosas extrañas.
Fue hasta que a Daniela la hija de un campesino proveniente de una comunidad vecina le dolía el estómago que su padre decidió llevarla a consulta, la idea inicial era quedarse ahí con ella pues tenía curiosidad de vivir la experiencia de ir con un doctor pues nunca había tenido la oportunidad de asistir con uno, además de que le preocupaba el diagnóstico de su hija, sin embargo no se pudo quedar porque le avisaron que había unas vacas que amenazaban con comerse su cosecha y debía hacerse cargo, debido a esto le pidió al doctor Juan que atendiera a su hija y que más tarde él regresaría a pagarle. El doctor por su parte accedió. Parecía ser una consulta como cualquiera, hasta que se escucharon los gritos de la niña y no precisamente por el dolor de estómago, los gritos fueron tan fuertes que llamaron la atención de todas las personas por lo que fueron a ver que sucedía, en eso vieron como la niña salió corriendo rápidamente, muy asustada y con un rostro tan blanquecino como la nieve, cuando se le pregunto qué pasaba, la niña se reusaba a hablar solo se tapaba con sus manitas el rostro y no paraba de llorar.
Las personas se miraban unas a otras con desconcierto, no entendían lo que pasaba y cuando le preguntaron al doctor él les dijo que esa niña tenía serios problemas psicológicos y que era peligroso tenerla ahí, que debía ser internada en una clínica de salud mental porque estaba loca, según él esa era la razón por la cual gritaba y lloraba desesperadamente. Nadie se atrevió a cuestionar las palabras del doctor pues le tenían cierto respeto por los estudios que él había recibido, además de que lo “conocían” pues muchos de los padres de familia habían sido sus amigos de pequeño, lejos de dudar de las palabras de Juan por el contrario le tuvieron miedo a la niña por lo que las personas comenzaron a alejarse hasta que llegó su padre a recogerla y le explicaron lo que pasó. Por su parte el padre se acercó a su hija y Daniela por fin pudo hablar, en eso se escucharon los gritos del padre que tocaba fuertemente el consultorio del doctor diciéndole palabras altisonantes y ofensivas, entre ellas lo señaló como violador, el doctor salió para correrlo y decirle que al igual que su hija él estaba loco, en ese momento todas las personas protegieron al doctor y echaron fuera al campesino y a su hija.
Luego de unos años, parecía que aquel acontecimiento había quedado en el olvido, en la aldea todo marchaba igual hasta que los niños empezaron a mostrar comportamientos extraños con Juan, se escondían cuando él estaba cerca, lloraban todo el tiempo, se mostraban irritables y a la defensiva, les daba un miedo terrible enfermarse porque no querían que los llevaran al doctor, aunque sus padres los acompañaran.
Fue hasta que Sofía una niña de 10 años le confió a su madre lo que pasaba cada vez que el doctor la atendía cuando el escandalo se desencadenó. La madre de Sofía decidió hablar con los vecinos para comentarles lo que estaba pasando, todos al principio se negaban a creerlo hasta que cada familia se sentó a escuchar con atención cada una de las versiones de sus hijos, fue entonces cuando los niños por fin pudieron hablar para expresar todo lo acontecido.
Los rumores llegaron a los oídos de los padres de Juan, por lo que rápidamente fueron a advertirle a Juan lo que pasaba, al principio sus padres se rehusaban a creer lo que la gente hablaba de su propio hijo, pero confrontando a Juan se dieron cuenta de que todo era cierto, Juan había abusado sexualmente de muchos niños de la aldea. Al ser descubierto por sus padres Juan se mostró arrepentido, su madre no paraba de llorar y su padre se veía atónito, totalmente impactado por la situación, ambos sabían que lo correcto era entregar a su hijo a la justicia, sin embargo, no tuvieron el valor de hacerlo, les ganó el sentimiento y por ello decidieron abandonar la aldea junto con él para evitar que recibiera su castigo.
Con esta pequeña reflexión nos podemos dar cuenta de que es muy fácil encubrir sobre todo cuando se trata de alguien cercano a nosotros, esa persona que creemos conocer, o con la que nuestra confianza es totalmente ciega más aún si es nuestra pareja, nuestro hijo, algún hermano, un primo, tío, nuestro papá o cualquier otro integrante de nuestra familia. Porque, si bien es cierto que el abuso existe y es difícil hablar de él abiertamente, es aún más difícil y doloroso cuando se da en nuestra familia por lo que muchas veces es más sencillo encubrirlo e ignorarlo a hacerle frente, pero no porque sea lo “más fácil” es sinónimo de ser correcto. Pareciera que es más sencillo callar a un niño que corregir a un adulto, ¿Cuántas veces hemos silenciado a nuestros niños por miedo al escándalo o a que la familia se desintegre? ¿Cuántas veces hemos tachado a un niño de mentiroso o lo hemos reprendido porque nos ha confesado algo que nos resultaba difícil creer? ¿Cuántas veces hemos adoptado la postura de los papás de Juan a pesar de que sabemos que es culpable? Y tal vez nuestra buena intención de encubrir sea porque queremos evitar el sufrimiento del otro, pero por el sufrimiento de esa persona estamos propiciando a que sigan en riesgo las personas más vulnerables: nuestros niños.
Es momento de alzar la voz ante el abuso venga de quién venga porque si encubrimos también somos responsables de que eso se siga dando.
Como personas, como ciudadanos, como cristianos católicos estamos llamados a construir familias con valores que respeten a los menores y los promuevan y por tanto ante los abusos de todo tipo evitar el encubrimiento.
Por: Psic. Juana Isela León López
