Al escuchar la palabra “lobo”, es muy común asociarla a personajes de cuentos o películas de ficción, en este caso retomaré uno de los cuentos de nuestra infancia: “caperucita roja”, cuyo villano de la historia es “el lobo”. Desde aquí resulta muy sencillo saber por qué es el malo, inclusive podríamos identificar a lo largo de la historia algunas señales de alarma desde el momento en que aparece en escena; de tal manera que desde nuestro lugar de observadores podríamos advertir a caperucita que ahí hay peligro.
Sin embargo, nuestras buenas intenciones de advertir no traspasan la pantalla del espectador, es decir; de nada nos sirve solo educar a nuestros niños desde el miedo, la prohibición y la advertencia. Así como de nada le sirvió a caperucita que su mamá, su abuelita o personas cercanas le advirtieran sobre la existencia del lobo si no le damos herramientas para enfrentarlo.
Trasladando esta ejemplificación a la vida actual nos ayuda a comprender que no es suficiente comunicar a los niños los peligros sino les enseñamos qué hacer ante ellos.
No basta con educar desde la prohibición, la advertencia y el miedo, no le vamos a decir ¡No salgas!, ¡No le hables a nadie!, ¡Si no haces caso te va a pasar esto!, porque desde ahí podríamos originar que los niños tengan miedo todo el tiempo y se sientan inseguros. Tampoco se trata de que caperucita deje de salir o ir a ver a su abuelita porque resulta peligroso. No es nada funcional prohibir si los niños al final del día no aprenden algo, si solo les decimos N0, pero no les explicamos el por qué, así jamás tendrán un aprendizaje que puedan aplicar en diversos escenarios.
Imaginemos que, en un capítulo de este cuento, caperucita logra liberarse del lobo y corre a contarle a su mamá, su mamá por su parte no le cree del todo, la culpa por su desobedecía y la castiga. Al siguiente día caperucita vuelve a ir con su abuelita, se vuelve a topar al lobo, esté nuevamente la ataca, pero esta vez al liberarse de él, llega a la casa de su abuelita y decide no decir nada, porque pensó que su abuelita iba a reaccionar igual que su mamá y prefirió no meterse en problemas. Distinguimos que incluso el silencio se aprende a partir de una experiencia negativa, caperucita aprende a callar y por tanto se pone más en riesgo porque ahora el lobo podrá lastimarla sin que nadie se dé cuenta. He ahí la importancia de asegurarnos que cada uno de los aprendizajes referente a la educación de nuestros niños sea positivo, que no les fomentemos la cultura del silencio, la indiferencia y el castigo.
Entendiendo nuestra función de espectadores según el desarrollo de este cuento, me gustaría preguntar ¿Quién es el villano de la historia? ¿Estamos hablando de solo un lobo? o ¿Cuántas veces hemos sido lobos sin darnos cuenta?
Sí, muchas veces podemos ser lobos sobre todo cuando hablamos del abuso sexual, tratando de hacer oídos sordos, vista ciega con tal de no aceptar una realidad que implica una responsabilidad de actuar.
Podemos ser lobos al negar la realidad del abuso en cada uno de nuestros contextos, al no creerle a un niño o a un familiar que nos hable sobre el tema. Al tratar de negar la realidad porque claro, es y seguirá siendo dolorosa. Al no creerle a la persona que denuncia, culpabilizándola y reprendiéndola con el silencio.
Pareciera que el único temible es el lobo que todos ven, que todos identifican, que todos pueden decir que es el malo, pero en este sentido es más impactante cuando nos topamos con el lobo de la indiferencia, aquél que ve, oculta y silencia.
Por último, recordemos siempre, que a los adultos nos toca cuidar a los menores y a las personas vulnerables, hemos de enseñarles a cuidarse, sí, de acuerdo a su edad y a su posibilidad, pero la responsabilidad de cuidar que crezcan sanos es de los adultos que tenemos la encomienda de velar por ellos.
Por: Psic. Juana Isela León López
