Todos hemos crecido en un ambiente que ha propiciado recursos, habilidades, fortalezas y también algunas heridas. Los adultos a nuestro alrededor, hicieron lo mejor que pudieron con los aprendizajes que tuvieron mientras crecían y nosotros, en muchas circunstancias, estamos repitiendo algunos de esos aprendizajes que tuvimos.

Recientemente hemos descubierto con algo de dolor y de incredulidad, que algunas de las prácticas que hemos tenido con nuestros niños, niñas y adolescentes en realidad no son tan saludables como creíamos, y hemos encontrado evidencia de cómo nosotros mismos cargamos algunas dificultades por la forma en que fuimos educados y tratados en nuestra infancia.

Pero aunque hay mucha información, a veces resulta contradictoria, poco clara y no nos ayuda a encontrar mejores alternativas, y así podemos escuchar frecuentemente afirmaciones como “ahora los niños saben sus derechos pero no sus obligaciones”; “de todo dicen que nos van a acusar por violencia”, “es que como no le puedo pegar, hace lo que quiere”, etc. Y esto es en parte, por la confusión que transitamos cuando cambiamos las reglas con las que nos relacionábamos en el pasado.

La autoridad es necesaria, mas no el autoritarismo. Los límites y estructuras son indispensables para el buen desarrollo de la infancia, pero no las acciones abusivas o maltratantes; la orientación y formación de nuestros niños, niñas y adolescentes es fundamental, pero estamos rodeados de informaciones (y deformaciones) al respecto, que no entran en nuestra experiencia personal, de tal manera que aunque racionalmente lo comprendamos, confunde y genera la necesidad de volver a lo conocido (que no necesariamente lo más sano) ante la falta de modelos sanos que replicar que nos hagan sentir que vamos por buen camino.

En esta nueva realidad, el reto es encontrar nuevas formas de reaccionar de manera apropiada y saludable. ¿Qué posibilidades son las mejores? ¿Cuáles pueden ser dañinas? ¿En base a qué?

Desde nuestro llamado como bautizados, ¿qué sí o qué no? Sin dejarnos arrastrar por ideologías, pero sin replicar el maltrato que promueve ambientes abusivos.

Por ello, formarnos se vuelve indispensable. La formación nos permite “ver” con más claridad, nos orienta desde dónde estamos y nos impulsa a encontrar cambios. No podemos reconocer nuestras fallas siendo señalados desde el exterior, se ocupa el análisis, la introspección, la revisión profunda de las intenciones y las emociones que mueven nuestros actos.

No es una tarea sencilla, pues apremia el tiempo, las responsabilidades, y en tiempo real tener reacciones diferentes necesita un verdadero cambio de mentalidad, un compromiso constante, que frente a los fallos cometidos, nos refuerce la necesidad de hacerlo mejor, prepararnos más, transformarnos en el Corazón de Jesús, cada vez más.

La Iglesia es una hermosa comunidad de personas con valores y convicciones que nos pueden orientar, no tengamos miedo a transformar la vida y el corazón, de convertirnos para dar testimonio de esa Buena Nueva, nuestros niños, niñas y adolescentes merecen personas amables, que los traten bien, en quién confiar, experimentar que el mundo es un lugar bueno, que vale la pena vivir, y eso solo es posible desde el hogar para que se extienda en los demás lugares… ellos lo merecen porque Dios los ha puesto a nuestro cuidado, pero la verdad es, que nosotros también nos lo merecemos.

Teniendo en cuenta los retos, es bueno que también cada uno de nosotros busquemos seguirnos formando mejor, como un camino, para responder cristianamente de una mejor manera a las realidades que hoy vivimos.

Por: Carolina Téllez Estrada
Especialista en Protección de Menores