Hablar de la transformación de nuestra realidad, hacia una Cultura de Buenos Tratos para con los niños, niñas, adolescentes y personas vulnerables, nos invita a la toma de consciencia, a tener una postura clara al respecto, por ello, la palabra responsabilidad puede ayudarnos a profundizar cuál es nuestro llamado como bautizados en este tema.

La palabra responsabilidad procede del latín responsum, del verbo respondere, que a su vez se forma con el prefijo “re-“, que alude a la idea de repetición, de volver a atrás, y el verbo spondere, que significa “prometer”, “obligarse” o “comprometerse”.

Ahora que estamos tomando consciencia de la gravedad de los efectos que el abuso, en todas sus formas, lastima a quienes lo han experimentado, es importante hacernos responsables. Todos somos responsables de que los contextos en los que nos desenvolvemos dentro de nuestra Iglesia se mantengan sanos, transparentes y sean de buenos tratos.

No se trata de seguir pensando que mientras que no cometamos ninguna conducta maltratante (que no es poco decir) es suficiente. Porque la vulnerabilidad de algunas de las personas que nos rodean requiere precisamente que nos hagamos responsables, que veamos lo que ha sucedido en el pasado (o que sigue sucediendo), en algunos lugares y generemos ese compromiso interno para no pasar de largo frente a situaciones ambivalentes, poco transparentes o abiertamente maltratantes o abusivas.

Distingamos entonces que si bien es cierto que hay conductas que podríamos decir “no son malas”, pueden pertenecer al rango de lo inapropiado, y este rango nos coloca en una situación de riesgo. No es malo quedarnos más tarde de lo acordado en una reunión con los jóvenes, pero es inapropiado que no respetemos los horarios acordados; no es malo que demos un “rait” o “aventón” a un menor a su casa, pero es inapropiado hacerlo a solas; no es malo que nos sentemos a escuchar a un adolescente sobre sus problemas personales, pero es inapropiado que lo hagamos en lugares fuera de la vista de los demás o nos aislemos para ello; no es malo enojarnos por alguna razón, pero es totalmente inaceptable que gritemos, humillemos o intimidemos a alguien por ello.

Una cultura del buen trato, siempre tendrá cuidado de que lo normal, lo común, lo natural, sea transparente, respetuoso y no se preste de ninguna forma a malas interpretaciones, genere otros conflictos o lastime a alguien.

No es sencillo, y no todo depende de nosotros, pero si participamos en actividades, podemos ir opinando, mediando, colaborando para que todo lo que se realice cuide los detalles necesarios y ser prudentes en la manera de actuar y de tratarnos, así como solicitar amable pero firmemente en quienes nos rodean tratos amables y respetuosos.

Claro que hay que empezar por nosotros mismos, pero en coherencia con ello, hay que promover que los ambientes en los que colaboramos se contagien de esta forma de compartir y tratarnos, particularmente con aquellas personas en situación de vulnerabilidad.

Nos dice el Evangelio: “Por sus frutos los conocerán”, y en algunos lugares hemos fallado en los frutos que se han traducido en ambientes abusivos y maltratantes. Sin embargo, tenemos un Dios Bueno, que al igual que a la Higuera de la Parábola, nos da una nueva oportunidad de fructificar y hacer presente el Reino de Dios como una verdadera Buena Nueva que se lleva a la práctica.

Te invitamos a reflexionar, compartir y promover maneras sanas y apropiadas de relacionarnos en todos los ambientes en que participas. Pronto te invitaremos a formarte también para ir haciendo de este reto, una realidad.

Por: Carolina Téllez Estrada
Especialista en Protección de Menores